Aunque el mundo tenga una opinión buena de Cayo Julio Cesar, considerandolo como dice el título de una novela, el primer hombre de Roma, la realidad no es tan halagüeña. Cesar dedicó toda su carrera a contravenir las leyes de la Republica para hacer lo que le daba la gana en el nombre de la plebe, categoría la que no pertenecía y a la que, después de todo, le olían los pies. El problema es que el bando contrario ya tenía lider y lo principal en Cesar era la ambición de poder, no la generosidad, que solamente aplicaba con sus adversarios cuando pertenecían a su misma clase social y por cálculo político.
Su asociación con Catilina no fue casualidad, el era uno de los mayores deudores de Roma por su nivel de vida -comparable con Berlusconi hoy día- y por tanto estaba de acuerdo con el partido de los que querían que se condenaran todas las deudas (les suena esto).
Su asociación con Catilina no fue casualidad, el era uno de los mayores deudores de Roma por su nivel de vida -comparable con Berlusconi hoy día- y por tanto estaba de acuerdo con el partido de los que querían que se condenaran todas las deudas (les suena esto).
Cierto es que ensanchó el mundo romano, que venció brillantemente a todos sus enemigos, que era un magnífico escritor y un gran hombre de mundo. Pero la consecuencia de sus actos no fue la democracia -cosa inedita en Roma- sino la desaparición de las mínimas garantías que la Republica ofertaba a los ciudadanos romanos. Después de el vino el Imperio, y no precisamente de la ley. Los cesares fueron reyes absolutos, dioses según su propio deseo y nadie estuvo seguro. La lista de los muertos es interminable. Y como los dictadores sudamericanos actuales, compraron al pueblo con pan y circo creando una multitud de vagos hasta hundir definitivamente el sistema. Y el creador de este sistema fue Julio Cesar.
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